Volvieron a pescar.
Después de la cruz.
Después del miedo.
Después de las promesas rotas.
No creo que fuera solo por hambre. A veces uno vuelve a lo que sabe hacer cuando no sabe qué hacer con lo que siente. Pescar era más fácil que procesar la culpa.
Y entonces aparece Él.
Desde la orilla.
Con una pregunta sencilla:
—¿Tienen algo de comer?
No tenían nada. Ni peces… ni respuestas.
Jesús les dice que lancen la red al otro lado. Lo hacen. La red casi se rompe. Juan lo reconoce primero: “¡Es el Señor!”. Pedro no espera explicaciones. Se lanza al agua. Así era él: impulsivo, intenso, contradictorio.
En la orilla ya había desayuno preparado.
Me conmueve esa escena. Jesús no llega con reclamos. Llega con pan y pescado. Llega con fuego encendido. Llega con gracia.
Y en medio del silencio incómodo, hace la pregunta que nadie quiere escuchar cuando ha fallado:
—Simón, hijo de Jonás… ¿me amas?
No le pregunta:
¿Por qué me negaste?
¿Por qué huiste?
¿Por qué prometiste tanto y cumpliste tan poco?
Solo pregunta: ¿me amas?
Pedro ya no responde como antes. Ya no presume lealtad. Ya no compara su amor con el de los demás. Esta vez responde desde la humildad de quien fue confrontado por su propia fragilidad:
—Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero.
Y eso basta.
Jesús no lo descarta. No lo reemplaza. No le dice “ya no sirves”.
Le dice: “Apacienta mis ovejas”.
Es decir: todavía cuento contigo.
Creer no es fingir que nunca fallamos.
Creer es quedarnos cuando Él nos mira y nos hace la pregunta que atraviesa el alma.
Porque Él sigue haciendo lo mismo hoy.
Se sienta a nuestro lado.
Nos prepara desayuno en medio de nuestras contradicciones.
Y pregunta, sin gritar, sin humillar:
—¿Me amas?
No “¿eres perfecto?”.
No “¿ya cambiaste todo?”.
No “¿lo mereces?”.
Solo: ¿me amas?
Y lo más impresionante es que Él ya conoce la respuesta antes de que la digamos.
Creer es vivir sabiendo que Aquel que lo sabe todo… todavía nos llama.
Ahora la pregunta no es teológica. Es personal.
Cuando Él te mira, ¿qué le respondes?

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