Hay decisiones que parecen quedarse viviendo con nosotros. No importa cuánto tiempo pase, de vez en cuando regresamos a ellas y pensamos: “¿Qué habría ocurrido si hubiera elegido distinto?”. Puede ser una oportunidad profesional, una relación, un cambio de ciudad, una conversación que nunca tuvimos o una puerta que decidimos no cruzar.
El problema con el What if es que siempre imaginamos la otra versión de nuestra vida con ventaja. Construimos el escenario alternativo con la información que tenemos hoy y casi siempre asumimos que habría salido mejor. Pero rara vez pensamos en todo lo que también habría cambiado.
Si hubieras aceptado aquel trabajo, quizá no habrías conocido a ciertas personas. Si no hubieras pasado por aquella crisis, quizá nunca habrías desarrollado algunas de las capacidades que hoy tienes. Si aquella puerta no se hubiera cerrado, tal vez nunca habrías buscado otra.
Eso no significa que todas nuestras decisiones hayan sido correctas. Algunas fueron malas. Algunas tuvieron consecuencias. Y tampoco significa que Dios haya provocado cada pérdida, error o dolor que atravesamos. Pero una de las cosas más impresionantes de la fe es descubrir que Dios no necesita una historia perfecta para trabajar con ella.
La Biblia está llena de personas cuya vida no salió según el plan.
José terminó vendido por sus propios hermanos y llevado a Egipto. Si hubiera podido observar su historia desde el fondo del pozo, difícilmente habría pensado que aquello formaba parte de algo que algún día tendría sentido. Años después pudo mirar hacia atrás y reconocer que, incluso en medio de decisiones humanas terribles, Dios había seguido obrando.
Eso también puede ocurrir con nosotros.
Hay momentos de nuestra vida que solo entendemos con distancia. En el instante parecían fracasos, pero años después descubrimos que cambiaron nuestra dirección. Hay personas cuya salida nos dolió profundamente y, con el tiempo, entendimos que esa etapa había terminado. Hay decisiones que todavía lamentamos, pero que también nos obligaron a madurar.
Tal vez por eso la pregunta “¿qué habría pasado si…?” tiene un límite.
Nunca podremos conocer esa otra vida.
Podemos imaginarla, idealizarla y hasta arrepentirnos de no haberla vivido, pero nunca sabremos cómo habría terminado realmente.
Lo que sí tenemos es esta vida.
Esta historia.
Estas personas.
Este momento.
Y quizá sea más importante preguntarnos qué está haciendo Dios con ellos.
Porque creer también implica reconocer que nuestra vida no depende únicamente de nuestra capacidad para tomar decisiones perfectas. Si fuera así, todos estaríamos perdidos. La gracia también se manifiesta en que Dios puede tomar nuestras elecciones, nuestros errores y nuestras circunstancias y seguir construyendo algo con ellos.
No siempre veremos inmediatamente hacia dónde conduce el camino. A veces solo tendremos suficiente luz para dar el siguiente paso.
Y eso incomoda, porque queremos garantías.
Queremos saber si estamos escogiendo correctamente. Queremos una señal clara. Queremos asegurarnos de que dentro de diez años no miraremos hacia atrás preguntándonos si debimos hacer otra cosa.
Pero la fe nunca ha sido tener control absoluto del futuro.
Es aprender a caminar sin tener todas las respuestas.
Tal vez hoy estés exactamente en uno de esos momentos. Frente a una decisión importante, o mirando hacia atrás con la sensación de que pudiste haber hecho algo diferente.
Puedes seguir preguntándote:
“¿Qué habría pasado si…?”
Pero quizá exista una pregunta mejor:
¿Qué puede hacer Dios con lo que tengo hoy?
Porque tu historia no terminó en aquella decisión.
Siguió.
Y tú también.
Quizá no llegaste hasta aquí por haber elegido siempre correctamente. Llegaste con aciertos, errores, oportunidades, pérdidas y caminos inesperados.
Y, aun en medio de todo eso, Dios no dejó de caminar contigo.
A veces nuestra vida termina completamente fuera del guión que habíamos escrito.
Y quizá ahí comenzamos a descubrir que nunca caminamos solos.
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