Hace unos días pensé en algo bastante simple: sé muchas cosas de personas con las que prácticamente ya no hablo.
Sé quién salió de viaje porque vi sus historias. Sé quién cambió de trabajo por LinkedIn. Sé quién cumplió años porque Facebook me lo recordó. Incluso puedo saber qué desayunó alguien sin haber escuchado su voz en meses.
Y lo extraño es que seguimos llamando a eso estar en contacto.
Las redes sociales hicieron algo extraordinario: redujeron las distancias. Nos permiten mantener comunicación con personas que viven a cientos o miles de kilómetros. El problema comenzó cuando esa facilidad sustituyó poco a poco la interacción personal.
Mandamos un emoji en lugar de llamar.
Damos like a la fotografía del cumpleaños en lugar de asistir.
Respondemos una historia con “hay que vernos” y pueden pasar otros seis meses sin que ocurra.
No es que esas pequeñas interacciones no tengan valor. Lo tienen. Pero una amistad difícilmente puede sostenerse solamente con notificaciones.
Hay cosas que una pantalla simplemente no puede reemplazar.
Sentarte a comer con alguien. Notar que responde “estoy bien”, pero su rostro dice otra cosa. Reírse durante horas de algo que probablemente no tendría gracia para nadie más. Escuchar sin mirar el reloj. Estar presente cuando las cosas salen mal.
La amistad necesita tiempo, y precisamente eso es lo que más nos cuesta entregar.
Tenemos herramientas para comunicarnos inmediatamente con prácticamente cualquier persona, pero podemos pasar semanas sin buscar a quienes realmente nos importan.
Quizá por eso vale la pena revisar nuestra lista de contactos de otra manera.
No para ver quién publicó algo nuevo.
Sino para encontrar ese nombre que llevamos demasiado tiempo viendo solamente detrás de una pantalla.
Llamarle.
Invitarle un café.
Sentarnos frente a frente.
Y guardar el teléfono un rato.
Porque estar conectados es fácil.
Estar presentes sigue requiriendo intención.
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